El sabio Humboldt y la visión sistémica

La posibilidad de leer sin prisas en horarios que hasta hace poco eran de trabajo es un gran aliciente de la jubilación. Este tiempo libre, antes inexistente, es ahora un tesoro inestimable. De los libros que he leído en los últimos meses hay uno que me ha cautivado y que recomiendo muy especialmente. Se trata de “The Invention of Nature. Alexander von Humboldt s New World “(editorial Knopf, 2015), escrito por la historiadora alemana Andrea Wulf (@andrea_wulf ). [Desde el pasado septiembre hay edición en castellano: La Invención de la Naturaleza: El Nuevo Mundo de Alexander von Humboldt (editorial Taurus)]. Internet y las enciclopedias están llenas de artículos sobre Humboldt, útiles para acercarse a este gran personaje en unos minutos. Sin embargo, para evitar el trabajo de buscar la información, me propongo ilustrar algunos puntos de su vida y así tengo un motivo para repasar un poco el libro.

Alexander von Humboldt, nacido en Berlín en 1769, fue un noble prusiano apasionado desde pequeño por el conocimiento, que optó por poner en segundo plano la carrera política a que estaba destinado y dedicarse al estudio de la naturaleza, la geología y las minas, aprovechando el tiempo para aprender también anatomía y astronomía y hacer investigaciones en fisiología. El joven Humboldt visita a menudo a su amigo Goethe y pasan temporadas juntos en Jena y Weimar hablando de volcanes y de geología, tema que apasiona Goethe, poseedor de una gran colección de minerales y de amplios intereses científicos, cosa poco conocida. También discuten de zoología, botánica, química, hacen experimentos de galvanismo, pasean, admiran la naturaleza y van de fiesta. Un Goethe entusiasmado manifiesta que en una hora con Humboldt aprende más que en ocho días leyendo libros.

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Alexander von Humboldt, por Friedrich Georg Weitsch Wikipedia

A los 27 años Humboldt deja el trabajo de inspector de minas y dedica tres años a preparar el gran viaje de su vida: una expedición científica de cinco años por Sudamérica que emprende acompañado por el naturalista francés Aimé Bonpland. En este periodo explora extensas zonas de lo que hoy son Venezuela, Colombia y Ecuador, atraviesa ríos y selvas, desiertos y cordilleras, trepa por los picos de los Andes, el más famoso el Chimborazo, donde llega casi a la cima y se deslumbra con un panorama – anteriormente nunca visto por ojos occidentales – que refuerza su convicción íntima de que el mundo es un organismo vivo, único e interconectado.

Mientras explora escribe intensamente y establece las bases de la geografía física, la meteorología (inventa las isotermas), la cartografía y el geomagnetismo, estudia la distribución física de las plantas y los animales en relación con las condiciones climáticas y la altitud. Humboltd va mucho más allá de Buffon y Linneo, obsesionados por la clasificación y la asimilación del conocimiento científico a taxonomía. Para él lo más importante son las relaciones, las interacciones complejas entre las especies vegetales y animales, y entre los seres vivos y la geología, los hábitats, los climas y las personas.

Habla del impacto de los árboles en el clima y explica las funciones fundamentales de los bosques: almacenar agua, enriquecer la atmósfera, proteger el suelo y regular la temperatura. Ve la naturaleza como una unidad y le preocupa la influencia negativa de los humanos en el medio ambiente por culpa de los monocultivos (demuestra que arruinan la tierra), la deforestación y la contaminación. En Venezuela explica la dramática bajada del nivel del lago Valencia no sólo para la derivación del agua hacia los cultivos sino por la deforestación del territorio circundante. Anticipa el impacto del cambio climático cuando describe cómo la actividad humana ataca la naturaleza y pronostica que será catastrófico si el ser humano sigue siendo – dice literalmente – tan “brutal”. Hoy en día esto es bastante evidente pero a finales del XVIII era pensamiento original, inspirado y audaz.

Humboldt no se olvida de observar las condiciones de vida de las poblaciones autóctonas y de rebelarse contra la servidumbre de los indígenas y la destrucción de la tierra por el sistema de plantaciones y monocultivos. Detesta la codicia colonial y se indigna con un sistema social que lleva a la gente a trabajar sometida a los dueños y a la miseria. Antiesclavista radical, de regreso a Europa se detiene en Cuba, México y Estados Unidos, donde se relaciona con un presidente Jefferson que está encantado pero a quien reprocha que el país de las libertades – los Estados Unidos son para Humboldt la única democracia porque la Revolución francesa en poco tiempo ha dado paso al Terror y el Consulado, regresión que culmina en la restauración del Imperio – no haya acabado con la esclavitud.

Llegado a Europa se establece en Paris, donde es recibido con mucho interés y se convierte en una figura popular y respetada. Combina Paris con estancias en Berlín para cumplir con sus obligaciones al servicio del Estado prusiano y obtener financiación real para ordenar los materiales recogidos, investigar, documentarse a fondo y escribir. El convencimiento de que el conocimiento se debe compartir y hacerlo accesible a todo el mundo le impulsa a publicar Le voyage aux régions equinoxiales du Nouveau Continent [Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente], monumental relato en 34 volúmenes de su periplo y sus hallazgos científicos, escrito entre 1799 y 1804. Esta obra combina calidad literaria y rigor científico con sensibilidad ambiental y rechazo al sistema colonial. Dibujante muy hábil, Humboldt incluye ilustraciones y mapas en sus obras. Un buen ejemplo es la sección del volcán Chimborazo, que detalla con precisión las capas de plantas según la altura y hace intuir que los ecosistemas (aunque no usa este término) están íntimamente relacionados.

Encarando el último tercio de su vida, después de dictar unas conferencias en la Universidad de Berlín el invierno de 1827-1828, Humboldt siente la necesidad de legar al mundo una descripción detallada del mundo físico y natural que ha estudiado durante medio siglo, dando una visión sistémica y unificada de las diversas ramas del conocimiento científico y la cultura. El resultado de 25 años de trabajo al servicio de esta idea es Kosmos (orden del mundo) [Cosmos: un esbozo de la descripción física del universo], monumental hito literario y científico inmensamente popular entre los lectores de la segunda mitad del siglo XIX, traducida a todos los idiomas principales y con una demanda que hizo época. Se vendieron cientos de miles de copias, a pesar de que el índice solo tenía más de mil páginas. Kosmos disparó en vida la reputación de Humboldt, tanto en Europa como en América, aunque muchos le reprocharon que no mencionara el Creador ni una sola vez en su exhaustiva narración sobre el mundo y el universo. Humboldt murió en 1859 a los 90 años, pocos días después de enviar a la imprenta el volumen quinto y final de Kosmos.

Afortunadamente para la ciencia, Humboldt nunca consiguió librarse del todo de la política y la diplomacia. Avanzada su vida y gozando de gran prestigio en todas partes, su espíritu universal aprovechó la influencia que tenía para plantear por primera vez las ventajas de la cooperación científica entre países, ayudar a crear redes científicas internacionales e influir en este sentido en instituciones de Europa y América. Sin embargo, ni la enorme reputación ni el hecho de haber vivido en Londres no fueron suficientes para que el Reino Unido le diera a él, noble alemán, permiso para viajar a la India y explorar el Himalaya, pesadumbre que llevó en su corazón hasta la muerte.

Es cierto que a Humboldt no se le puede atribuir ningún gran descubrimiento que destaque entre sus muchas aportaciones, como es el caso de otras figuras señeras de la ciencia. Sin embargo su inmensa influencia contribuyó a encauzar las exploraciones científicas del siglo XIX y por eso muchos sitios naturales llevan su nombre – ríos, cordilleras, glaciares, corrientes marítimas, bahías, incluso un cráter de la Luna. El pingüino de Humboldt se llama así en su honor, así como muchos lugares habitados.

El ameno, bien escrito y laureado estudio de Andrea Wulf sobre la vida y la obra de Alexander von Humboldt constituye un homenaje valioso y oportuno al genio universal que a finales del XVIII dio luz a una visión integrada y sistémica de la naturaleza. Por eso no es descabellado calificarlo de “inventor de la naturaleza”, al menos en dos sentidos. El primero es que rompe intelectualmente con la perspectiva utilitarista que había guiado la aproximación humana durante milenios: que la naturaleza existe sólo para el beneficio del hombre. En el siglo XVIII Buffon presenta el bosque natural como un lugar horrible, lleno de árboles que se pudren, hojas muertas, plantas parásitas, insectos venenosos y estanques de agua corrompida: la misión del ser humano es civilizar la naturaleza. Cuando Descartes escribe que los humanos son los señores y los dueños de la naturaleza y que los animales son meros autómatas, no hace sino seguir los pasos de Aristóteles (la naturaleza ha hecho todas las cosas para el beneficio del hombre) o la Biblia (Dios da a los humanos dominio sobre la naturaleza) y anticipar las posiciones de Linneo y Francis Bacon, y de toda la ideología que establece que la naturaleza existe para ser conquistada y explotada. Humboldt advierte que hay que comprender la naturaleza, que todo está conectado y que los humanos, en su búsqueda de ventajas y beneficios, no deben modificar el orden natural.

En segundo lugar Humboldt también es “el inventor de la naturaleza” por la huella que deja en sus seguidores intelectuales, de los que Wulf no se olvida, lo que alarga el libro pero lo hace aún más interesante. Entre estos discípulos está Darwin, el joven naturalista que pese a la oposición de su padre decide embarcarse en el Beagle con la obra de Humboldt como argumento y como pasión. También está Simón Bolívar – ambos se conocen en Paris – para quien Humboldt es el verdadero descubridor del Nuevo Mundo porque con su visión despierta la identidad y el orgullo de la gente del continente e impulsa los movimientos de independencia. Otros discípulos de Humboldt son Ernst Haeckel (creador de la ecología), John Muir (jefe de filas de la conservación de la naturaleza), Henry David Thoreau (que liga poesía, ciencia y naturaleza) y también Poe, Whitman y los románticos ingleses, influidos por el trascendentalismo de Humboldt.

Humboldt incardina una visión del mundo natural atrevida y más actual que nunca cuando describe cómo los humanos cambian el clima – por eso se convierte avant-la-lettre en el padre del movimiento medioambiental. Generoso, afable y abierto, apasionado por el descubrimiento y el conocimiento, se le puede calificar con acierto de sabio precursor de la visión sistémica de la realidad observable y de sus interrelaciones. Humboldt ve la Tierra como un gran organismo viviente donde especies animales y vegetales, hábitats, climas, personas y sociedades se influyen mutuamente y donde todo es interdependiente. También es el primero de relacionar públicamente el colonialismo, la pobreza de la gente y la devastación del entorno natural. Además, comprende que la diferencia significativa entre los sistemas mecánicos (hechos por los humanos) y los sistemas orgánicos de la naturaleza radica en que en un sistema mecánico las partes dan la forma al todo, mientras que en un sistema orgánico el todo da forma a las partes (Pág. 32 de la edición en inglés).

Termino la Nota de opinión (como siempre dando gracias a la lectora o lector) porque ya hemos llegado donde quería ir a parar: afirmar que la frase anterior tiene máxima relevancia en educación. El sistema educativo está formado por personas que tienen vida propia y que interaccionan continuamente. Por lo tanto hay que verlo y tratarlo como un sistema orgánico en el que el todo (misión, personas y entorno) condiciona las funciones y las relaciones que tienen lugar en su interior.

La debilidad original de los sucesivos reformismos educativos basados en normas intervencionistas (paréntesis: vistos los precedentes tiemblo de pensar que contendrá el nuevo “pacto de educación” de que hablan los periódicos) es que conciben el sistema educativo como un sistema mecánico y quieren incidir en lo que según este punto de vista son los componentes del sistema: currículos, lecciones, horarios, calendarios, evaluaciones, profesores y directivos (formación, control y el cebo-trampa de los incentivos), materiales y textos, pruebas y rendición de cuentas, etc. Estos planteamientos entienden la “mejora” como el efecto resultante de cambios discretos en los artefactos mencionados, en lugar de definirla y buscarla en las personas y sus interacciones, cuando precisamente éstos son los únicos componentes intrínsecos e imprescindibles del sistema. Como ya dijo Drucker hace muchos años, lo más importante de cualquier metodología no es nada más que mirar el conjunto.

Por su aporte intelectual y por estos otros motivos, aunque sean indirectos, pienso que Humboldt es relevante para la educación de hoy. Gracias de nuevo.

Ferran Ruiz Tarragó

@frtarrago

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