Educación es conversación

NOTA PREVIA

La Asociación Educación Abierta ha estado trabajando en un proyecto de reflexión educativa denominado Calmar la Educación, que parte de un documento base con 101 propuestas de debate. Carlos Magro, vicepresidente de la Asociación, me invitó a comentar alguna de estas propuestas y yo escogí la primera, por parecerme sumamente importante. Su enunciado:

Calmar la Educación 1. La educación es una conversación, esencialmente en persona y entre personas. La tecnología puede multiplicar las posibilidades de esa conversación.

No podría estar más de acuerdo con este enunciado. La educación es una conversación, o al menos debería aspirar a serlo, en base a las consideraciones que expongo a continuación. Esta aportación ha sido publicada en el blog de Educación Abierta. Solo me queda añadir mi agradecimiento a Carlos y mi enhorabuena a los impulsores y colaboradores de esta iniciativa.

 

Educación es conversación

El rasgo esencial de los centros educativos es que son instituciones creadas por la sociedad para acoger personas jóvenes (a las que llamamos alumnas y alumnos) y ponerlas en contacto entre sí y con unos adultos debidamente preparados y seleccionados (los profesores y profesoras que constituyen el estamento docente) a lo largo de un proceso que dura años y que comprende una fracción significativa de la vida de cada individuo. Como señala David Istance, los centros educativos son entidades morales y sociales que tienen la misión de promover los valores humanos en un entorno seguro, que a menudo es el único en el que pueden confiar los padres y la sociedad en general.[1] Las oportunidades que para cada niña, niño, adolescente o joven brinda el centro educativo como espacio de interacción y conversación son únicas e irrepetibles, lo que confiere especial responsabilidad y transcendencia a la tarea de los educadores.

Los profesionales a cargo de los centros educativos tienen la misión de facilitar al máximo el crecimiento intelectual y personal de todo el alumnado. Además deben hacerlo de la mejor manera posible dentro de los marcos de actuación establecidos externamente mediante leyes y reglamentos que inciden fuertemente en la organización y el contenido de su actuación. Las normativas, sin embargo, no son los únicos factores determinantes: las actividades que se llevan a cabo en los centros están asimismo condicionadas por los idearios, capacidades, valores y recursos de las instituciones y de sus profesionales y por las condiciones del entorno. Todos estos factores mediatizan, potenciando o tal vez desdibujando, lo fundamental: el espacio de interacción personal entre las personas jóvenes y las personas adultas que la sociedad destina a su educación.

Cada centro educativo, por el simple hecho de existir y de actuar de una cierta manera (entendiendo como tal los estímulos que genera, las interacciones que favorece y las orientaciones que proporciona), incide en el desarrollo intelectual y moral de todos y cada uno de sus alumnos y alumnas. Dicho desarrollo está ineludiblemente condicionado por los planteamientos de las actividades que se llevan a cabo, por su potencial y también por sus límites y restricciones. Así pues, por la manera en que se plantea y conduce, todo proceso de escolarización tiene consecuencias en el desarrollo y el aprendizaje de las personas jóvenes. A modo de ejemplo basta observar la diferencia substancial entre la acción educativa de un centro que estimula constantemente la expresión del pensamiento del alumno y favorece que éste tenga líneas de razonamiento propias y la de un centro que no la desea ni promueve porque considera que interfiere las clases o interrumpe unos discursos previamente programados.

En definitiva, el rasgo más esencial de un centro educativo es hacer posible en espacio y tiempo la interacción entre el mundo adulto y la generación joven con finalidad formativa. De modo correspondiente, lo esencial del proceso educativo es la materialización cotidiana, coherente y progresiva de un cúmulo amplio y diversificado de interacciones adecuadamente planteadas y gestionadas (la participación está implícita en “adecuadamente”). Es en este marco conceptual donde la expresión “la educación es una conversación” adquiere su pleno sentido y relevancia. Por muy importantes que sean y por mucho peso que se les dé, las tradiciones, las normativas y las formas de organización son contingentes. Lo fundamental es, o debería ser, la calidad de la interacción, de la conversación, del diálogo entre todas las personas implicadas.

Precisamente una de las mejores representaciones mentales del proceso educativo es su conceptualización como un triple diálogo: el del alumno con sí mismo (especialmente en forma de trabajo intelectual personal, estudio e introspección), el diálogo de los alumnos entre sí  (actividades de grupo, investigaciones y proyectos colaborativos, entre otros), y el diálogo entre alumnos y profesores (clases, debates, tutoría, orientación y soporte personal, etc.). Todo ello constituye un complejo entramado de conversaciones que admiten el azar pero que deben ser planificadas y evaluadas. El empeño y la capacidad de los profesores de promover y conducir dichas conversaciones es lo que los hace fuertes e imprescindibles. En este sentido, parafraseando a Sherry Turkle, puede decirse que la conversación entre personas es ―o en su caso debería ser― la principal tecnología a disposición de la educación: la conversación cara a cara es el principio organizador básico.[2] Sin embargo, es preciso reconocer que el sistema educativo en su conjunto y los centros educativos en particular tienen, salvo exepciones, un largo camino por delante en cuanto a hacer de la conversación su principal instrumento conceptual y organizativo. Colectivamente estamos en esto.

La tecnología digital puede ciertamente multiplicar las posibilidades de esta conversación, tal como propone el enunciado, pero también puede atrofiar las capacidades de empatía y autoreflexión.  Dado que la tecnología digital incide fuertemente en lo que las personas tanto adultas como jóvenes piensan, sienten y hacen, es preciso disponer de una conceptualización potente de su papel en la educación. A juicio de quien suscribe estas líneas, el uso de la tecnología digital en el ámbito de la educación debe entenderse y articularse en relación a: 1) la exploración del universo de información, de modelos y entornos simulados (que pueden incluir juegos) y la exploración del mundo físico y natural mediante los interfaces apropiados, 2) la formulación, concreción y expresión de las ideas personales mediante lenguajes simbólicos (textual, matemático, musical, icónico, algorítmico, etc.) con la consiguiente plasmación exterior tangible del pensamiento indivual, y 3) la comunicación, colaboración, el intercambio, la puesta en común y trabajo cooperativo entre personas físicamente próximas o a distancia. Este esquema, que su creadora Idith Harel denomina 3X por sus siglas en inglés (eXploration, eXpression, eXchange), concreta lo más valioso de la contribución de la tecnología digital a la educación. Debidamente incorporadas a los tres diálogos educativos, las tecnologías se ponen naturalmente al servicio de la curiosidad, la iniciativa, la plasmación de las ideas, la creatividad y la conversación y contribuyen al desarrollo del intelecto, la personalidad, las aptitudes y los valores del alumnado.[3]

Mediante la conversación el profesorado tiene en sus manos profundizar y mejorar la humanización y el provecho de la educación: a escala de lo que pueden hacer alumnos y profesores, contribuir a que el mundo sea mejor consiste precisamente en poner la conversación en el corazón de la práctica educativa.

Ferran Ruiz Tarragó

Expresidente del Consejo Escolar de Cataluña

Abril 2018

[1] Universidad de Cambridge (2012). Future of the teaching profession seminar. 16th-17th February 2012. A record of the discussion.

[2] Sherry Turkle (2015) Reclaiming Conversation. The Power of Talk in a Digital Age. Penguin Press.

[3] Ferran Ruiz (2007). La nueva educación. LID Editorial Empresarial (págs. 49-52).

 

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